
Agostada por abandono, la tarde reclama la vida robada en un descuido a las paredes de un maestro que ni enseña ni escarmienta. Túmbate, pálido en la cárcel de tu piel; sufre las rejas del verano, que se clavan sin peligro y sin más.
Ahora sin privativa danza de otras horas y con el tedio de otro lamento; que no quiere callar más que a modo tenebroso, sutil negro para sofocantes noches
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