no son de nada ni en gracia,
son de peso,
por él vivir o morir
por no ser ave de paso,
abriendo caminos y surcos,
marcas de siempre y para siempre.
La mala suerte no existe. Sí los pros y tanto contra como resquijos mi ventana colando tanto frío que duele la cara, tantas angustias que espantan todo... menos al frío.
Decidimos, paramos, andamos como conformes portadores de cierta dignidad y aire casual, seguimos quietos, no avanzamos, aquietado de mentiras.
A veces viene bien cerrar el paraguas y sentir la lluvia.
Cómo saberse ese punto, ese círculo incompleto y que de errante sigue siendo gerundio. La poesía en un vistazo, todo un mundo de un vistazo; descubrirse y que nada pase, ese es el ansia de cielo de camino, de vivir en otro como si fuera tu casa.
Admíteme el desvarío y haz lo propio de atuendos y franjas por mezclar; que de sinceridad de pega y apoyos de cisterna y viento que ni el pelo mueve ya está todo lleno; todo sufrir cuando descubres que el trigo ya fue paja y tus pies respiro.
Tantos como se hacen lucha,
se hacen como un pecado en cuarteles,
en sillas, en un piso abarrotado,
a más no poder,
de ídolos, de paciencia imperdible,
como (otro más),
como ese yo desintegrando
universos
y verdades universales;
es un intento de beber aire,
de acuciar y en lo evitable,
y desbarrar,
en el desliz es tan obvio encontrar la piedra,
hiedra y asombro,
cuesta de creer,
cuesta pensar,
tanto encanto,
tan de tan puro concebible...
Así son corpóreos y esencias, entrañas y voluntad.
Cómo no pasar…? La rectitud, esos márgenes ilustrados, letra infame en pulcra escritura, perfecto grosor, suavidad de piel, y de pieles trata, y de pausas, puntos aparte y más puntos. Toda una vida en suspenso y sin extraños. Hacer del ocio vida y de ilusos un cuento. Hay finales de ensueño y otros que te arrebatan hasta eso, hasta las palmas de manos abiertas que ahora se adormece pensando en qué no fueron, a la vista de todo...
Qué pienso en esa piel,
con besos dados;
alardea sin error
que en mi sigue queriendo ser vacuo,
y festejo el sinfín,
la tierra de olor conocido,
sin titubeos
varios,
las perchas y los trinos,
tirados,
como trineos haciendo un camino,
asolado a cada intento
de sobrevivirle al frío,
a lo glacial que existe en no mirarse,
en no perderse;
qué pavor y qué bellezas,
menudo manto de anécdota,
cómo se para el corazón a veces,
a devolver la palabra como si tal cosa;
Cómo echar por la borda,
Cómo esos bordes biselados
se tornan arma,
y se arrojan
contra un ciego amanecer de marras;
y ahora los rojos se vuelven
de un lado,
y parece que amaina,
que muerase el cielo,
estrellado,
contra ese mar...
ese gozo de día muerto
cuando todo va de por dentro,
de encontrar lo no perdido
y perderse,
en los buenos y las malas,
en los verdes que anuncian
y en los besos más ciertos;
hasta ese cierto punto
en que los vientos arrasan,
secan,
caras, pechos, ..., lo eterno
Las cosas más infinitas es lo que tienen, cautivo en su propia belleza ese aire de querer morir en cada retrato; no osar cambiar de chaqueta en verano y quemarla en invierno para dejarse ver.
Cómo no adorar esas cosas que te llenan los ojos de devoción a la nada sufriendo que todavía hay esperanzas. Y estoy hablando de cuando atardece con nubes rosas, sin sofisticaciones... sólo tiempo, oportunidad, cambiar la mirada en otro lado donde sincerarse y ser escuchado sin más; y sin nada menos. Sin pedirlo y sin saber estar a la altura, eso siempre...
Mientras caes todo va cambiando de perspectiva; también de por dentro.